La Robla es un claro ejemplo del desprecio que la sociedad en general ha tenido a la conservación del patrimonio, excepción hecha del religioso que mantiene muy buena salud. El patrimonio industrial
ocupa a su vez, probablemente, el más bajo escalafón.
Aunque no conozco los pormenores de la desaparición, creo que La Robla ha permitido la destrucción de dos de los elementos significativos de su pasado próximo y su presente industrial; la fábrica de cerámica y la fábrica de aglomerados.
Si bien es evidente que no era posible conservar los edificios en su totalidad, bien se habrían podido recuperar sus torres o alguno de los muchos objetos que poblaban su interior.
Espero que los últimos movimientos ciudadanos vayan encaminados a corregir este déficit de atención y que los partidos se pronuncien sobre las acciones de conservación a tomar.
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